Los Dones del Azar:

La Lotería Fotográfica de Jill Hartley


Las caprichosas figuras de la lotería pertenecen al patrimonio visual de nuestra infancia: la calavera , ávida y silenciosa como dicen que habita en los frascos de veneno y en los cables de alta tensión; la sandía y su sonrisa; el borracho trastabillante visto desde la acera opuesta con algo de horror y algo de lastimosa simpatía. Una escalera peligrosamente apoyada contra el cielo. Un pino . Una estrella . Menos afín a la maldad que a la malicia, un diablo de carnaval con escaso poder de convencimiento. Un cotorro . Un tambor , un alacrán o una corona . Los personajes, pensamos en la dama -hay que adivinar sus medias de seda-, el catrín -cuyos finos modales apenas encubren su vileza-, el valiente -pobre, pero dispuesto a lavar cualquier afrenta-, el negrito -todo lealtad y humor involuntario-, remiten a aquellas intrigas de amores sin fortuna que tanto nutrieran al cine nacional.

Los cartones de la lotería, como la enciclopedia, el zoológico, las oficinas de patentes o la tabla de Mendeleyev, conforman un muestrario del mundo. Cincuenta y cuarto imágenes disímbolas -nada las une y sin embargo nada las separa- le basten para apresarlo. Ningún sistema las reúne, ningún principio clasificatorio. La rosa , la campana , el corazón , el apache , sólo comparten una existencia en singular.

"También el arte fotográfico es un juego de azar." Tal es la ecuación que Jill Hartley nos postula, y dispuesta a ponerla en evidencia, ha apuntalado su exploración de lo mexicano sobre los candorosos cartones de la lotería.

Una gran fotografía es, en cierta medida, un golpe de dados. El fotógrafo que explora los prodigios de lo cotidiano sabe que se apoya en los términos de su relación con el azar. En sus andares por México, Jill Hartley ha conseguido intimar con un azar providente que sin cesar coloca ante ojos los delicados ingredientes de una fotografía. En esencia, la fotografía no es sino la toma de conciencia de la propia mirada. El fotógrafo recoge a sus sujetos del caos, traza fronteras en su campo de visión, discrimina y ordena.

Descubre lo significativo en lo superfluo. Y, de tener una cámara a la mano. lo registra para que nosotros podamos advertir y agradecer su existencia.

¿Cuál es el afán de Jill Hartley en su diálogo fotográfico con la lotería? No impugna ni rebate, tampoco remeda en vana recuperación de lo vernáculo. Al jugar a la lotería bajo sus propias reglas busca demostrar la amplitud de semejante muestrario. Abierto, sin principio de clasificación, el muestrario del mundo podría ser tan vasto como el mundo mismo. Únicamente apelando al azar puede pretenderse atrapar un país y su gente en un puñado de cartas. La calabaza , la mano , el maguey , la enamorada , la beata , deidades momentáneas en la lotería de Jill Hartley, son todos dones del azar.

Sus fotografías, en eco de las láminas con que dialogan, se revisten de una exquisita ingenuidad. Sólo en la ingenuidad late la posibilidad del juego. Dispuesta a sorprenderse, acaso con algo de temor, Hartley captura sus imágenes con la discreción de quien, armado de una red, caza libélulas y mariposas. La naïveté en los trazos del dibujante anónimo aporta a los cromos de la lotería su única coherencia de conjunto. Las fotografías, de igual modo, se entrelazan en la comunión de un estilo pleno de lirismo.

En algún punto inmóvil de ese país cambiante debe haber un jorobado que aguarda interrogando al horizonte. Espera, el paisaje ciego e indiferente al que hemos reducido nuestro cotidiano, con la certeza de que el ojo de Jill Hartley no lo pasará por alto. También nosotros esperamos a Jill. Para redescubrir en su lotería la sutil magia de que es capaz el mundo.

Alain-Paul Mallard